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Francisca Blázquez

 

 

Mil y Una

 

Hay una corriente filosófica denominada Nominalismo. Todo lo que existe se puede nombrar, de lo contrario no existe. Nuestra mente maneja los conceptos y los objetos mediante sus nombres; no imaginamos una mesa, sino que pensamos en el nombre mesa, y así la utilizamos según el discurso que proceda en cada momento. Siendo una corriente de pensamiento de altísimo contenido racionalista, la línea conductora nos conecta con los elementos más transcendentales e incluso vulgarmente denominados mágicos en el imaginario popular. Las palabras de poder, los lenguajes ocultos, el verbo creador… ideas que resuenan en nuestro interior y hacen temblar nuestros límites, sobre todo los racionales.

 

Siendo muy útil el nominalismo para analizar, describir y profundizar en ciertos procesos mentales del conocimiento –área por cierto tan abandonada hoy en día- me congratula enormemente que no se haya mantenido como paradigma explicativo. Parece un común acuerdo que la realidad es mucho más compleja que simplemente el nombre, aunque en el mundo psíquico su posición es de una preeminencia necesaria.

 

Me sorprendió el paisaje de las Mil y Una Noches que, con torres y cúpulas iluminadas en la noche presidía sin querer la exposición de octubre. El diseño de la sala, con mosaico central como para un baile y columnas que dejan un pasillo exterior que invita a pasearlo sin prisas, me empujó al centro, y observar con mi amigo los cuadros que colgaban de las paredes, casi lejanas. Superado el efecto del punto central, que generalmente, y también en este caso, provoca una cierta opresión en el cráneo, nos dimos cuenta de que las pinturas resplandecían y transmitían sus mensajes de forma bastante clara.

 

No soy devoto de los ángeles, por lo que cualquier propuesta que a priori los incluya me origina prevención. Por eso, procuro mirar los cuadros de Francisca sin leer sus títulos. Volví a ver lo que más aprecio de su trabajo, la polaridad en acción –en cuanto a la forma- y las actitudes descritas por los colores. Evito el exceso de simetría, pero admiro la lógica del desenvolvimiento de los hechos, que muchas veces es patente en la foto que pinta (pues para mí casi todos sus cuadros son dinámicos). Aunque no estaba en la sala, recordé la tela del “tiburón” azul que vimos en el Dos de Mayo.

 

Dos apuntes finales. Todo lo que existe es doble y por tanto es un cuatro, cosa que ya se empieza a notar en su obra. Y segundo, no acabo de comprender la necesidad de tener un compañero de viaje tan persistente como la denominación “Dimensionalismo”. Las brillantes cúpulas de la noche árabe me decían que tal vez la potencia creadora de Francisca necesita un espacio más amplio.

 


Juan Antonio Aguilera Díaz

Madrid, Diciembre de 2009

  

 

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