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Los objetos dimensionales
de Francisca Blázquez
Las superficies se doblan, se
estrechan, crecen, se pliegan inverosímilmente, se contradicen especularmente,
se desdoblan como reflejos en el agua o se expanden de forma caprichosa, aunque
siempre con armonía, en bellos y simples colores... Es el universo secreto
colmado de dimensiones que desvelan los lienzos de Francisca Blázquez (1966).
Dimensiones, esta es la clave. Las últimas teorías científicas trabajan con diez
o incluso más. Si creemos vivir en cuatro (ancho, alto, fondo, más tiempo), es
porque las otras resultan microscópicas, imperceptibles, aunque, como la luz
filtrada por la lente de un proyector, iluminan completamente la pantalla de
nuestra vida.
El Big-Bang, que tan intuitivamente ha representado Blázquez en obras como
“Formas”, “Universo” o “Círculos energéticos”, privilegió las dimensiones
conocidas a costa de las desconocidas. Mientras las primeras se expanden cada
vez más, las segundas se hacen progresivamente más pequeñas. Pero si, en un
futuro lejano, el Big-Bang se invirtiera, ocurriría al revés: las dimensiones
escondidas se harían cada vez más grandes y las conocidas se irían condensando
hacia lo ínfimo.
En cualquier caso, para verlas, no tendremos que esperar a ese lejanísimo e
incierto futuro, cuando probablemente el ser humano haya desaparecido del
universo. Podemos hacerlo aquí y ahora gracias al arduo y asombroso trabajo de
Francisca Blázquez.
Es característico de los verdaderos artistas sumergirse en lo invisible para
emerger con ignotas realidades. El creador genuino habita tiempos simultáneos y
sabe poner ante nuestra vista trozos de existencia de los siglos pasados y de
los que han de venir. Blázquez, que forma indudablemente parte de estos
artistas, se adentra como una argonauta en las dimensiones desconocidas y las
despliega ante nosotros. Sabe que el tiempo puede contraerse o dilatarse y
transita a placer por sus adentros. Es una Nostradamus que nos abre las puertas
situadas más allá de las imágenes de millones de años que la luz porta hasta
nosotros.
Para tan magno trayecto, no ha elegido una potentísima nave espacial, sino algo
mucho más rápido y efectivo: la imaginación. No podría ser de otra forma. La
imaginación es una autopista que nos conecta con las dimensiones que los romos
sentidos no pueden vislumbrar. Mente. Imaginación. Mundo cuántico. Tres
elementos, en mi opinión, intercambiables. Como decía Giordano Bruno: todo lo
que puede ser pensado es real.
Claro que no cualquiera puede hacer este viaje hacia lo extraño. Hace falta una
mente avezada, abierta, curiosa, audaz y sin complejos. Una mente que, al cerrar
los ojos, rompa los límites y se adentre en la complejidad de cuanto nos rodea.
Una mente que sepa formular las matemáticas de la imaginación. Porque no otra
cosa son las matemáticas sino posibilidades imaginativas. Una mente que se haya
ejercitado en la gimnasia de las elucubraciones, que se haya perdido en los
universos paralelos, que se haya multiplicado por los mundos posibles.
Francisca Blázquez tiene esta mente. Sabe conducir con extrema pericia por entre
los laberintos de las más variadas y vastas dimensiones, a las que, con la
nitidez de sus pinceladas acrílicas o la ayuda precisa del ordenador, convierte
en palpables objetos. Aquí plasma una “Geometría en el espacio” o nos lleva a
existencias simultáneas en “El breve intervalo de la esperanza” o nos introduce
en la antimateria en su serie “Espacial” y en “Espacios encontrados”. Allí nos
expresa la materia surgiendo de la nada en “El rojo ascendente en el negro” y en
“Círculos ardientes” o manifiesta el papel creativo de la luz en “Luz
dimensional”, “Textura amarilla” y “Esfera. Luz”.
Blázquez no se pierde en el caos como aquellos a quienes los árboles impiden ver
el bosque. Va más allá, se aleja y comprende que el caos es una apariencia; que
los “árboles” conforman inmensos, tortuosos, laberínticos bosques. O
dimensiones. Donde otros quedan aturdidos, Blázquez triunfa por la rotundidad de
su lógica, por su clarividente capacidad espacial, por su don de la perspectiva.
Da la casualidad de que es una pintora pero podría haber sido igualmente una
física o una astrónoma.
Blázquez no es una viajera diestra e impenitente que se aleja de nuestras
miserias para pasearse egoístamente por el cosmos. Por el contrario, su arte
ilumina plenamente la realidad en la que nos sustentamos. Sus dimensiones son
las máquinas de nuestro cuerpo y de nuestro comportamiento. Son las formas de
nuestra alma. Están ahí no sólo para que intuyamos lo más profundo del universo,
sino para que nos intuyamos a nosotros mismos. Debemos ver los objetos
dimensionales de Blázquez como mapas del universo oscuro e inescrutable, al que
no ha podido acceder aún la ciencia moderna, y, a la par, como mapas de nuestro
propio ser, en el que difícilmente ha penetrado la psicología moderna o la
flamante neurobiología. Por eso, la artista ha imbricado geometría, movimiento y
cuerpo en una de sus más bellas y afortunadas series, Danza y geometría
dimensional, de la que forman parte “Amor”, donde lo geométrico se encarna en
los bailarines, y “triángulos danzantes”, en el que baile y geometría se
implican necesariamente.
Si el universo es una sinfonía de supercuerdas, Blázquez objetiva en sus lienzos
sus más diferentes vibraciones. Y así, según seamos, nos gustará más o menos
este cuadro suyo. Porque cada hombre es una dimensión diferente y resulta
natural que vibre de una manera singular y que anhele aquellas otras vibraciones
que conmueven su interior y que son la cifra de su personalidad. Lo curioso es
que, igual que no existen dos hombres idénticos, igual que en el fondo de cada
uno de nosotros late una vibración única e irrepetible, no hay dos lienzos de
Francisca Blázquez que se parezcan. Cada uno de ellos representa una dimensión
absolutamente diferente de las demás. Trabajando sobre objetos tan difíciles,
admira esta capacidad de ir siempre más allá. Tampoco, en este sentido, nos
traiciona Blázquez. Cada una de sus figuras es un trozo de oro puro acuñado de
una forma nueva.
Y digo oro porque la belleza es consustancial a su obra. Blázquez se sale del
feísmo que ha informado la mayor parte del siglo XX para recuperar la belleza,
que, en ella, no tiene nada que ver con lo bonito, sino con el hallazgo, con la
luz, con la simetría. Es, como dicen los científicos, la simplicidad de una idea
que explica fácilmente lo más complejo. La belleza del arte de Blázquez está en
cómo, de lo más simple, surgen las más inimaginables dimensiones. El espectador
tiene la intuición de que cuanto se le muestra es verdad.
Blázquez trae ante nosotros las complejidades de El Bosco, de Arcinboldo, de
Escher, proyectándolas hacia el reino de lo subatómico y haciendo emerger la
belleza que habita en su seno. Cumple así las características de la nueva
estética o estética cuántica, que se define como “misterio más diferencia”. Esta
última porque Blázquez no busca ni la igualdad del universo ni repetirse a sí
misma. Cada hallazgo suyo es, como hemos dicho, sólo un camino para llegar a
otro. Su preocupación es la inmensa variedad de cuanto nos rodea. La imaginación
de la artista es fecundísima y abomina del estancamiento. En cuanto al misterio,
¿qué otra cosa son sus lienzos sino éste objetuado y expuesto a nuestra
contemplación? Pensemos en “El azul del misterio”. No es que sus cuadros lo
desvelen, simplemente nos hacen penetrar en él. Blázquez logra con su obra un
tratado del vasto misterio en que habitamos.
Qué pocos artistas contemporáneos son capaces de hacer esto, centrándose por el
contrario en lo más grosero y palpable de la existencia, en los detritus, en la
carne sin horizonte. Blázquez ha cargado a sus espaldas un nuevo paradigma. Sabe
sin duda que, en el viaje que es toda vida, su obra ganará, llenando de sentido
pictórico el siglo XXI.
Gregorio Morales
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